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26 de enero de 2026 2:25 pm
Cuando el escenario no obedece

Cuando el escenario no obedece

Desprecia a aquellos que no cumplen sus estándares,

considerándolos inferiores y sin valor.

El narcisista se sumerge en sus propios lares,

sin darse cuenta de que su actitud lo lleva al error.

Poema El desprecio por los demás, autor anónimo

Hay políticos que no ingresan a un espacio: lo transforman. En su territorio natural -el doméstico, el inmediato, el emocionalmente polarizado- logran imponer el tono, definir la agenda y obligar a los demás a reaccionar. Allí, el escenario se acomoda al personaje, y no al revés. El aplauso, la confrontación y la visibilidad permanente son parte del mismo mecanismo de control.

El problema surge cuando ese liderazgo sale de casa. En los foros internacionales, el escenario no pertenece a nadie. Se construye a partir de intereses múltiples, equilibrios frágiles y tiempos largos. No hay un centro fijo ni un protagonista indiscutible. El poder se comparte, se negocia y, sobre todo, no se exhibe.

En ese contexto, el personaje pierde margen. No porque sea rechazado, sino porque deja de ser necesario. El foro sigue, las conversaciones continúan, los acuerdos se discuten con o sin su presencia. La atención no se concentra, se dispersa. Y para un liderazgo que se alimenta del foco, esa dispersión resulta incómoda.

No hay confrontación abierta ni derrota visible. Hay algo más sutil: desfase. Un estilo diseñado para la política del conflicto permanente se encuentra con espacios donde el conflicto no se grita, se administra. Donde el escándalo no suma capital, sino que genera desconfianza. Allí, la retórica dura pierde eficacia y la espectacularidad se vuelve ruido de fondo.

Esto no implica falta de poder real, sino una limitación cultural. No todos los escenarios responden a la misma lógica. Lo que funciona en una plaza pública puede resultar ineficaz en una mesa de negociación. Y lo que en casa se percibe como liderazgo firme, fuera puede leerse como incapacidad de adaptación.

Esta reflexión es apenas el inicio. En otra (u otras) entregas de la Cultura Impar, será necesario detenerse en otros rasgos del mismo fenómeno: el uso del tiempo como estrategia, la doble voz del poder -una para el discurso público y otra para la negociación privada-, y la forma en que la irrelevancia se convierte en un castigo silencioso en la política global.

Porque, al final, el verdadero límite de ciertos liderazgos no está en la oposición, sino en el escenario. Cuando este deja de obedecer, cuando el reflector se mueve sin pedir permiso, el personaje enfrenta su prueba más difícil: existir sin ser nombrado.

Este texto trata algunas reflexiones sobre una figura política contemporánea que ha construido su fuerza a partir del dominio del escenario. O que ha ejercido esa fuerza, en dominios ajenos, jalándolos al propio.

Si se piensa en una persona en específico, el lector será quien le dé nombre, el primero que le llegue a la mente, no importa de dónde sea o dónde esté; en realidad es acerca de un tipo de liderazgo que depende del reflector, del ruido y de la atención constante para existir plenamente.

Nombrarlo es jugar su juego; no nombrarlo es mover el tablero. Y además dialoga perfecto con esa idea final: la irrelevancia como castigo moderno.

Porque, al final, la política no ocurre solo en lo que se dice, sino en el lugar donde se dice. Y cuando el escenario no obedece, incluso los personajes más dominantes deben aprender a compartir el foco… o aceptar que alguien más lo ha movido.

Ayyy Davos… extrañaremos este 2026 como el portazo en la nariz del de enfrente…

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