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14 de junio de 2026 11:40 am
El Mundial que ya no es del mundo

El Mundial que ya no es del mundo

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Durante décadas, la Copa del Mundo fue presentada como la gran fiesta de la humanidad. Un torneo capaz de unir a familias enteras frente a un televisor, paralizar oficinas, vaciar calles y provocar abrazos entre desconocidos. Era el futbol como lenguaje universal. Era, también, una ilusión democrática: cualquiera podía sentirse parte del espectáculo.

Hoy esa promesa se agotó por la corrupción y la ambición de unos cuántos.

El Mundial de 2026 será el más grande de la historia. Tres países como sedes, más selecciones participantes, más estadios, más patrocinadores, más mercancía oficial y, desde luego, más dinero. Mucho más dinero.

Pero la euforia cuidadosamente diseñada por la mercadotecnia, se ve más grande aunque no significa ser mejor.

El viejo principio romano de hay que dar pan y circo, al menos tenía una lógica elemental: el pueblo recibía algo. Se le entretenía, sí, pero también se le incluía en el espectáculo. El circo era accesible porque su función consistía precisamente en distraer a las masas.

En cambio, esta nueva versión 2026 parece haber perfeccionado el modelo hasta convertirlo en una caricatura grotesca. El espectáculo se anuncia como universal mientras se vuelve inaccesible para la inmensa mayoría.

Los boletos alcanzan precios que equivalen a varios meses de salario para millones de personas. La transmisión abierta pierde terreno frente a plataformas de paga y paquetes exclusivos. Los productos oficiales tienen costos prohibitivos. La experiencia mundialista ya no está pensada como escape para aficionados, para seguidores, sino ahora se diseñó para consumidores previamente segmentados por su capacidad adquisitiva.

La FIFA y las federaciones nacionales insisten en exhibir únicamente los beneficios económicos: turismo, ocupación hotelera, inversión, promoción internacional. Hablan de derrama económica como si ésta descendiera mágicamente hasta los bolsillos de la población. Una falsedad impresionante.

Sin embargo, pocas veces explican quién captura realmente las ganancias. Tampoco discuten con honestidad los costos públicos asociados: infraestructura temporal, operativos extraordinarios, adecuaciones urbanas o campañas promocionales financiadas con recursos que podrían destinarse a prioridades más urgentes.

Sí, las escenografías son cada vez más espectaculares y al mismo tiempo, más desechables. El Mundial dura unas semanas; las fotografías permanecen para la propaganda institucional; la factura suele quedarse muchos años.

Vaya, ahora, hasta se cuestionó la identidad de los artistas participantes en la inauguración. ¿Era o no era?

Mientras tanto, dirigentes deportivos ahora convertidos en celebridades administran un mercado global donde los futbolistas son activos financieros, las canteras son inversiones y la pasión popular solo la ven como una materia prima extraordinariamente rentable.

Paradójicamente, nunca hubo tanto dinero alrededor del futbol y quizá nunca hubo tan pocos ídolos genuinos. Sobran figuras diseñadas por agencias de imagen y faltan referentes capaces de inspirar por su trayectoria, disciplina o compromiso social. El negocio terminó por devorarse parte de la épica.

Los gobiernos tampoco son espectadores inocentes. Necesitados de símbolos de éxito inmediato y de distractores eficaces frente a problemas complejos, suelen abrazar estos megaproyectos sin demasiadas preguntas. El brillo de una ceremonia inaugural resulta mucho más cómodo que la discusión sobre seguridad, educación, salud o desigualdad.

¿Será exitoso el Mundial de 2026? Probablemente sí, si el éxito se mide en audiencias globales, contratos comerciales y utilidades récord.

Pero si el parámetro es otro -la capacidad de hacer sentir a la gente que esa fiesta también le pertenece- quizá estemos frente al campeonato más rentable de todos y, al mismo tiempo, uno de los más ajenos. Habrá más millones de personas decepcionadas que espectadores activos.

Tal vez el verdadero fuera de lugar no ocurra dentro de la cancha.

Sin duda consiste en haber olvidado que el futbol nació en los barrios, en las calles y en los potreros antes de convertirse en un exclusivo salón de negocios donde el pueblo es invitado a aplaudir desde lejos o a mirar detrás de vallas lejanas.

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