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21 de mayo de 2026 8:26 am
El horror que ya no horroriza

El horror que ya no horroriza

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Por Jesús Ortega Martínez….

Escritores, historiadores, periodistas o simplemente testigos, han descrito los hechos, verdaderamente estremecedores, de las guerras. Son tan terribles estas narraciones que logran convencer a casi todo mundo de que las guerras son el espacio y son los tiempos en donde la condición humana experimenta la mayor degradación hacia la barbarie. Primo, Levy relata en su libro “Si esto es un hombre”, el testimonio más escalofriante sobre Auschwits y sobre los “métodos” que utilizaron los nazis para destruir sistemáticamente, la dignidad humana. De igual manera Erich M. Remarque nos cuenta en “sin novedad en el frente”, como los jóvenes europeos estaban siendo entusiasmados para encontrarse con la guerra. Ese entusiasmo era de tal alegría, que esa parte del relato de Remarque, se parecía más a los preparativos para un viaje de vacaciones que un infeliz y desconcertante encuentro con la monstruosidad de la guerra. No pasó mucho tiempo para que los jóvenes europeos se dieran cuenta de los horrores que se vivían en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y que, desde luego, les resultaban incomprensibles e inauditos.

El horror y el sufrimiento que provoca la guerra, turba todo entendimiento, aun el de los guerreros, el de los soldados. Eisenhower, el comandante supremo de las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, decía “odio la guerra como solo puede hacerlo un soldado que la ha vivido, como alguien que ha visto su brutalidad, su futilidad y su estupidez”.

Si el horror de la guerra no puede ser justificable de ninguna manera, entonces… ¿Cómo puede explicarse que poblaciones enteras la observen con indiferencia o la acepten con resignación? ¿Cómo puede, la violencia más atroz, ser admitida y aceptada como si fuese un hecho de la cotidianeidad de una sociedad?

¡Y, sin embargo, esto es lo que sucede en México!
No estamos en guerra declarada; nadie amenaza violentar nuestra soberanía; no ondea nuestra bandera como aviso del “llamado a las armas” para defender nuestro territorio; no hay ideología ni dogma que preservar, como sucede, absurdamente, como causa de muchas guerras, y, sin embargo, la violencia y la muerte rondan por nuestras casas y amenazan a nuestras familias. La atrocidad de la violencia nos atemoriza cuando vamos a nuestros trabajos, a la escuela; cuando juegan nuestras hijas e hijos; cuando transitamos en los caminos y en las carreteras. La muerte violenta y los crímenes dolosos se están convirtiendo en un hecho cotidiano en la sociedad mexicana: La muerte violenta es una muerte rutinaria, común, ordinaria. En México, el infierno de la violencia criminal se ha convertido en rutina.

En México se mata por odio, por venganza, por dinero, por poder. Se mata por pensar diferente; porque no habrá sanción para los asesinos; y a veces, se mata, simplemente, ¡porque sí!

La muerte que nos ronda en el México de ahora, es tan desalmada como la muerte en las guerras declaradas; pero a la muerte por violencia en el México de nuestros tiempos, le ha dado por utilizar las formas más salvajes, las más bárbaras e inhumanas. Es común que los asesinos descuarticen a sus víctimas; o los cuelguen de los puentes viales para demostrar el tamaño de su crueldad y de esa manera meter miedo en la gente; hay víctimas que son exhibidas para enviar mensajes a los familiares o a los cárteles rivales; sí, es verdad, se cuelgan los cuerpos, o se disuelven en ácidos, o se incineran, o se depositan en bolsas negras de plástico para tirar a las victimas mortales en los bordes de las carreteras o en las escaleras y las puertas de las oficinas gubernamentales. La muerte violenta es en México tan normal y ordinaria como los baches de las avenidas. Entre más salvajismo más miedo y terror, y por ello mismo, las comunidades enteras aprenden a guardar silencio para no ser las siguientes víctimas.

Esto que sucede en nuestro país es perturbador, pavoroso, y sin embargo, lo más aterrador es que hemos dejado de asombrarnos. La verdadera derrota como país, es aquella que normaliza el que haya miles, decenas de miles de madres y padres de familia que recorren las fiscalías, los caminos terregosos, que escarban en arroyos secos, que cruzan, día con día, todas las calles, todas las morgues, para ver si encuentran a sus hijos, sus hijas, sus hermanos/as, sus familiares; la verdadera derrota de este o de cualquier país sucede cuando el dolor infinito de las madres y padres buscadores, se vuelve paisaje, cuando ya no nos revuelve las tripas, cuando una masacre como la de Tehuitzingo o la de Salamanca, o la de Azcapotzalco, o la de Coatepec Harinas, y la de Allende, la de Ayotzinapa, y la de …. la lista se hace interminable y los nombres de las víctimas se van olvidando y permanecen solo en la memoria de las madres y padres buscadores. Y si encuentran a sus familiares no será por que el Estado cumplió con su deber y su obligación, será porque las madres y los padres substituyeron al Estado para encontrar a sus hijos ya sea vivos o ya sin vida en fosas clandestinas o en las planchas frías de las morgues.

Mientras sigamos llamando a esto “inseguridad”, mientras el gobierno siga tratando de ocultar el horror, mientras la presidenta construya una falsa realidad con la que, inútilmente, pretende desconocer la verdadera; mientras que se siga haciendo rutina el horror y sigamos sometidos al ultraje de la indiferencia frente a la violencia del Estado y la de la delincuencia en contra de la población; mientras no nos sumemos a la rebeldía para enfrentar la rutina de la violencia, entonces seguiremos siendo un país enfermo conducido por un gobierno de cínicos a los cuales la vida humana dejó de importarles.

Porque esto es lo que realmente está pasando: ¡aquí, la vida no vale nada!

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