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27 de abril de 2026 10:46 am
Sin admitir errores, el poder muestra la fragilidad de una narrativa cerrada

Sin admitir errores, el poder muestra la fragilidad de una narrativa cerrada

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Por José Manuel Rueda Smithers….

El silencio ante el error es la forma más visible de la debilidad.

En política, el error no es la excepción: es la materia prima de la toma de decisiones. Lo verdaderamente definitorio es la capacidad -o la negativa- para reconocerlo. Cuando un gobierno opta por encapsularse en una narrativa que se asume infalible, no sólo erosiona su credibilidad; también compromete su margen de maniobra.

El problema de fondo no es la suma de errores, sino la lógica que los envuelve. La actual administración parece operar bajo la premisa de que admitir fallas equivale a ceder terreno político. En ese terreno se mueve hoy la administración de Claudia Sheinbaum.

La secuencia reciente no es menor. Solo por tocar la última semana: La reunión organizada por Marcelo Ebrard con empresarios mexicanos ante el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, terminó convertida en un episodio incómodo. Más allá del contenido, la forma exhibió descoordinación y una lectura deficiente del momento político bilateral. En diplomacia económica, los símbolos pesan tanto como los acuerdos; y aquí el símbolo fue la improvisación. Ebrard salió regañado casi en público, pero todos vieron los ademanes.

Y tuvo que anunciar que el tema de los aranceles muestra cómo cambió la diplomacia en el mundo real. Quiso minimizar, pero no lo logró.

A ello se suma un episodio aún más delicado: la negativa de la presidenta a reconocer conocimiento previo sobre la presencia de agentes norteamericanos en Chihuahua. En un contexto donde la soberanía es un tema altamente sensible, la ambigüedad no ayuda. Si se sabía, la omisión genera sospecha; si no se sabía, el problema es de control territorial e institucional. Ninguna de las dos rutas es políticamente cómoda, pero evadir ambas mediante la negación sólo amplifica el ruido.

El tercer elemento es el relevo en la embajada de México en Estados Unidos, una decisión que, sin explicación suficiente, abre más preguntas que certezas. En la relación bilateral más importante del país, los cambios no son neutros. La diplomacia requiere señales claras, continuidad estratégica y, sobre todo, coherencia narrativa. Cuando estos movimientos se perciben como reactivos o inexplicados, el mensaje hacia afuera -y claro, hacia adentro)- es de inestabilidad.

Es una lectura comprensible en términos de control del discurso, pero profundamente limitada en términos de gobernanza. La negativa sistemática a corregir no fortalece la autoridad; la vuelve rígida. Y la rigidez, en política, suele ser antesala del desgaste.

Hay, además, un componente comunicacional que agrava el cuadro. La insistencia en sostener versiones poco creíbles frente a evidencia o cuestionamientos periodísticos no desactiva la crítica: la desplaza hacia terrenos más incómodos, donde la confianza institucional se erosiona. Gobernar no es únicamente decidir; es también explicar, persuadir y, llegado el caso, rectificar.

México enfrenta un entorno internacional complejo, particularmente en su relación con Estados Unidos. En ese escenario, los márgenes de error son reducidos y las consecuencias, amplificadas. La coordinación entre actores clave, la claridad en los mensajes y la disposición a corregir son condiciones mínimas para sostener una política exterior eficaz.

Negar el error puede ser útil en el corto plazo, como recurso de contención mediática. Pero el costo es acumulativo: pérdida de credibilidad, debilitamiento institucional y una creciente desconexión entre discurso y realidad. En política, como en cualquier ejercicio de poder, la autoridad no se construye sobre la ficción de la perfección, sino sobre la capacidad de reconocer límites y ajustar el rumbo.

Porque, al final, no es el error lo que define a un gobierno, sino su disposición, o su negativa, para aprender de él.

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