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12 de enero de 2026 5:20 am
El algoritmo y la identidad: la era del performance en la política

El algoritmo y la identidad: la era del performance en la política

*Solo cuando dejemos de ver la política como un espectáculo estético, podremos empezar a vivirla como un proceso genuino de pensamiento y cambio.

Por Sarah C. Silva Farias

Estamos viviendo una de las épocas más polarizadas de la historia moderna. El libre acceso a todo tipo de información ha contribuido a que nuestras diferencias ideológicas no puedan coexistir entre sí, y han generado una brecha social que parece irreparable. Las plataformas que prometían conectarnos terminaron organizando nuestras identidades en bandos opuestos, dividiendo nuestras opiniones e ideas en nichos clasificados y, a veces, absolutistas.

Para los jóvenes, esto se convierte en un paisaje aún más complejo y un viaje complicado de navegar, debido a que nuestra identidad ideológica y nuestra politización vienen principalmente del contenido multimedia que hemos estado consumiendo de manera masiva en todas las redes sociales a las que hemos tenido acceso desde una edad muy temprana.

Tal y como pasa con la crisis de identidad y la división del ser, en virtual y tangible, hemos visto el mismo fenómeno ocurrir con la postura ideológica. El cómo se vive y se experimenta la búsqueda de dicha ideología y postura ante los temas de la vida social ha cambiado drásticamente. Ya no solo se trata de qué pensamos, o de por qué pensamos así, sino de cómo se ve lo que pensamos, ante nosotros y ante el mundo. La ideología dejó de ser un proceso de introspección interna, y se convirtió en algo meramente performativo, una curaduría constante del yo político.

Hoy la ideología ya no se forma desde la experiencia directa y tangible, sino de la narrativa en sí. Antes, los conceptos ideológicos de una persona venían directamente de lo que experimentaba en el mundo: su familia, posición económica, vivencias, religión, relaciones sociales, educación, mientras que en la actualidad se basa y se aprende directamente de la estética, desde cómo se ve la causa, cómo se viraliza y quién la representa. Y podemos apreciar cómo ahora el proceso es inverso. Adoptamos primero el símbolo y después la convicción, y elegimos el nicho estético antes que el argumento.

Esto genera un elemento de misticismo, en donde la identidad del ser está fuertemente relacionada con la ideología y postura política de una persona, porque nos entrelaza con un sentido de pertenencia. Si las ideas son estéticas, tienen que tener congruencia con cómo expongo mi identidad visual ante el mundo que me rodea. Cuando, como sociedad, normalizamos que la identidad política sea decidida por la estética, permitimos que sea producto proveniente más de un algoritmo que de un análisis en sí, lo que contribuye de manera muy directa a la polarización.

Y no digo esto porque considere que los jóvenes no sepan o no comprendan las causas e ideas con las que simpatizan, sino porque comienzan a vivir la política desde una identidad tan frágil que cualquier discrepancia ante ella parecería una traición a la postura como tal y, por ende, una contradicción eterna. Al definir, estéticamente, cómo se debe ver algo, definimos también cómo esto tiene que vivirse, sin una apertura al cambio. Y si modificamos en lo más mínimo esa experiencia, no estaríamos viviendo nuestra postura de la mejor manera, según los nuevos cánones.

Y es así como hemos permitido ese quiebre y esa crisis de identidad política en los nuevos participantes de nuestra sociedad: una división completamente colectiva entre lo que mostramos y lo que creemos, y entre lo que sentimos y lo que defendemos. La fractura del yo político va convirtiéndose en un fenómeno de ruptura política, social y, sobre todo, humana. La polarización contemporánea no se alimenta de discursos opuestos, se alimenta de estéticas incompatibles entre sí. Comprendiendo a la estética como algo separado de lo superficial, se vuelve una forma de demarcar territorio y una señal de pertenencia que opera como frontera emocional y cultural.

En el contexto actual, la polarización funciona como un fenómeno casi estético antes que ideológico. No nos separamos solo por lo que pensamos, sino por cómo se ve aquello que pensamos. La derecha, la izquierda, los progresistas, los libertarios, los ecoactivistas, los nihilistas urbanos, todos desarrollan una estética particular que refuerza la idea de que cada grupo vive en un mundo distinto.

Esta política completamente estética es, en sí, polarizante, porque es completamente inmediata e intuitiva, lo que permite que nos adoctrinen con ella muy fácilmente. Una fotografía, un tweet, un meme, un video de 30 segundos puede transmitir e inspirar un mensaje político claro y conciso, y puede identificarse con una connotación política en sí, sin necesidad de mayor ahondamiento. La estética hace que podamos reconocer la política como algo identificable a simple vista, y logra la segmentación de la información en nichos que se convergen con la cultura popular.

Este ambiente inmediato permite que la polarización crezca con facilidad en sociedades con un valor estético tan alto como la nuestra. La estética funciona como una simplificación extrema e inmediata de las ideologías sociales, actúa como un atajo cognitivo que decide por nosotros antes de que pensemos, nos dice quién pertenece y quién no, qué es suficientemente valioso y qué no lo es, decide qué narrativas pueden coexistir en el mundo estético y cuáles deben de cancelarse.

Hoy la política no solo se piensa o se vota; se compra. La estética de un movimiento se convierte en mercancía, desde los llamados progresistas que adoptan símbolos feministas y antirracistas, hasta la narrativa conservadora que vende patriotismo minimalista. Todas las posturas se vuelven branding y, en este ecosistema creado, la ideología funciona como otro producto cultural, moldeado por el mercado en lugar de por la reflexión y la expresión del yo político en sí.

Este performance político no solo pertenece a la sociedad, sino también a las esferas elitistas que dirigen los actos políticos, sus posturas y beneficiarios. Ellos controlan qué se presenta en primer plano en el mundo algorítmico, y deciden los estándares de la estética según la postura, lo dirigen y, al hacerlo, convierten la estética en estrategia y el algoritmo en un arma. Muchos líderes trabajan como curadores de imagen que diseñan cuidadosamente la forma en la que deben ser vistos, entendidos y replicados. El dirigente contemporáneo ya no es líder político o representante partidario, comienza a funcionar como una marca, personaje y estética circulante. Su performance estética simplifica su identidad política a un símbolo reconocible de manera casi universal, y es ese símbolo el que decide la pertenencia antes que las ideas.

El discurso político ya no es un argumento, es meramente un espectáculo. Funciona para reforzar poder y autoridad. Vemos cómo líderes en todo el mundo construyen escenografías completas que representan la narrativa que quieren imponer, y esto no es casualidad, porque la estética del poder existe para fabricar emociones que sustituyan los argumentos.

Lo peligroso no es que la política sea estética, la política históricamente siempre tuvo símbolos. Lo peligroso yace en que la estética se haya convertido en el sustituto de la política, en la medida, en el filtro y en la justificación. Y la verdadera amenaza nace cuando dejamos de pensar para simplemente ver, cuando la visión reemplaza al juicio. Ese desplazamiento transforma la democracia en un juego visual donde gana quien se ve más convincente, no quien propone con mayor claridad o ética.

El riesgo de la estética viene de su naturaleza: al ser inmediata, emocional y simple, anula por completo la complejidad que la política siempre debe llevar consigo, porque nos pide contradicción, profundidad y duda, mientras que la estética performativa nos regala una certeza rápida y fácil de digerir, pero elimina el espacio para el análisis y digestión real de las circunstancias reales del mundo que nos rodea, y es ahí donde comienza, y parece no terminar, la verdadera y dura polarización.

En última instancia, lo que revela este fenómeno no es solo una transformación en la manera en que pensamos la política, sino una transformación en la manera en que pensamos sobre nosotros mismos y nuestra ideología como individuos. Si como sociedad permitimos que la estética reemplace a la reflexión, terminaremos viviendo dentro de un yo político que no construimos, sino que replicamos de un algoritmo en serie. Terminamos defendiendo, con euforia, convicciones que no nacieron de nuestra propia experiencia, y poco a poco dejaremos de habitar nuestras ideas, para empezar a habitar imágenes vacías del colectivo.

La verdadera crisis no está en que existan posturas distintas, eso es algo que es vital en cualquier sociedad sana y diversa. La crisis comenzará cuando ya no exista espacio seguro para cambiarlas, cuestionarlas o sostenerlas con matices. No debemos rechazar la estética, sino devolverla a su lugar, que se convierta en un lenguaje, no un destino, en una forma de expresión, y no un molde obligatorio. Significa recordar que ninguna identidad política debería ser más importante que la propia capacidad de cuestionarse y reconstruirse.

Porque si algo podemos recuperar dentro del paisaje saturado de imágenes y palabras de las redes sociales, es que lo más subversivo y profundo es aquello que es lo más humano, y lo que no puede ser capturado ni replicado por el algoritmo. Y es en ese pequeño espacio en el que podemos reconstruirnos y construir una verdadera política y una identidad que nos pertenezca realmente, y no algo que se pueda intercambiar, construyendo bases críticas personales que no permitan que la élite política nos venda su performance sin antes preguntarnos a quién realmente estamos aplaudiendo cuando se cierra el telón.

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