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30 de mayo de 2024 10:34 am
Qué democracia queremos

Qué democracia queremos

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México pasó de la dictadura perfecta de Mario Vargas Llosa a un régimen híbrido con elementos democráticos y signos autoritarios. Pasó de la democracia liberal, con el adelgazamiento del Estado, a una democracia popular que conserva formalmente algunas instituciones democráticas y manipula la realidad autoritaria. Se dejó la democracia imperfecta para acercarse al régimen autoritario.

La democracia liberal se caracteriza por el sufragio universal, la pluralidad de partidos, la separación de poderes y la defensa de los derechos y libertades civiles. Mantiene una gobernabilidad sin intervención del Estado, con más participación social y alienta los contrapesos. En sentido opuesto, los regímenes híbridos fomentan el estatismo, buscan eliminar los contrapesos constitucionales y sociales, diluyen la rendición de cuentas y pretenden desaparecer las instituciones verdaderamente democráticas que se oponen al poder unipersonal.

The Economist, en su Índice de Democracia, establece cuatro clases de gobierno: la democracia perfecta, la democracia imperfecta, el régimen híbrido y el régimen autoritario. En opinión de los analistas británicos, nosotros estamos en la transición entre la democracia imperfecta y el régimen híbrido. Muchas de las políticas públicas de la actual administración parecen darles la razón. Se ha estigmatizado a la clase empresarial y se les ha culpado de generar la pobreza y la corrupción; la obsesión por excluirlos de las áreas productivas y rechazar en automático la inversión privada nos ha llevado a un estatismo que ya demostró su ineficiencia en los setentas, con un alto costo social y económico. Años de permanente crisis, inflación y devaluaciones.

Mientras la democracia liberal alienta la actividad empresarial y la inversión privada para crecer, los regímenes híbridos regresan a la participación estatal y rechazan los indicadores internacionales de desarrollo social para hablar de un Estado de bienestar, entendido no como el esquema donde la gente acceda a sus satisfactores por un esfuerzo personal, sino como un sistema de subsidios permanentes. No se hace a la gente más productiva, se le acostumbra a la dádiva, son recipiendarios de un gobierno proveedor que no pretende acabar con la pobreza, sino mantener a una población agradecida que se conforme con un mínimo de bienestar.
En el terreno político, los regímenes híbridos desmantelan las instituciones democráticas que se oponen a su proyecto político. Sobran los organismos autónomos como el INE, el IFAI, la COFECE, las universidades, entre otras áreas, para que el Estado asuma esas funciones. Tampoco es partidario de la división de poderes, ya que contravienen los alcances del poder unipersonal, por ello despliega una estrategia que anula la independencia de sus pares o de plano los coopta, los convierte en sus aliados.
En cuanto a la rendición de cuentas, tampoco acepta la contraloría social, hace opacos sus procedimientos y perfila la desaparición de instituciones ciudadanas que cuestionen el quehacer público. Prefiere que sean las propias estructuras burocráticas las que supervisen las funciones de gobierno. Lo mismo sucede con los procesos electorales, no es conveniente la ciudadanización de los comicios, el voto universal debe estar sancionado por la misma autoridad, quiere ser juez y parte. En el régimen híbrido lo que menos importa es someterse a la ley, además de tener un concepto muy especial de la gobernabilidad, donde no son necesarias muchas de las instituciones democráticas. Al ciudadano no se le ve como una persona a la que hay que servir, sino como instrumento para conseguir propósitos personales.
Por eso debemos preguntarnos qué democracia queremos, la dictadura perfecta del partido hegemónico, un régimen híbrido casi autoritario que anule la participación social y regrese al estatismo o alentamos el retorno de una democracia liberal, de una democracia imperfecta que consolide, no el bienestar que solo subsidia la pobreza, sino como instrumento que alienta la responsabilidad social y genera desarrollo, con respeto a las libertades civiles.

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