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21 de enero de 2026 6:00 pm
México ante la nueva Guerra Fría: ¿actor o espectador?

México ante la nueva Guerra Fría: ¿actor o espectador?

Por Victor Hugo Celaya Celaya…

El 2026 comenzó confirmando lo que muchos intuían pero pocos querían nombrar. El orden global que conocimos se desmorona. En su lugar emerge una nueva arquitectura de poder: tres potencias dominantes rediseñan las reglas del comercio, la tecnología y la seguridad. Su influencia alcanza los cinco continentes. Ningún país queda fuera de su órbita.

Esta es la nueva Guerra Fría. No hay tanques ni misiles, pero la confrontación es real. Se libra en los mercados, en las cadenas de suministro, en la disputa por modelos políticos y en el control de decisiones que antes considerábamos soberanas. Estados Unidos, China y la Unión Europea compiten por hegemonía económica mientras los demás países deben elegir bando, negociar condiciones o resignarse a la irrelevancia.

Los números lo confirman. China representa el 18% del PIB mundial y controla el 30% de la manufactura global (Banco Mundial, 2024). Estados Unidos mantiene el dólar como moneda de reserva del 59% de las transacciones internacionales (FMI, 2025). La Unión Europea, con 450 millones de consumidores, impone estándares regulatorios que el resto del mundo adopta por necesidad, no por convicción.

Para los países que no pertenecen a este club selecto, la pregunta es dura: ¿cómo adaptarse sin perder cohesión interna? Las democracias enfrentan un dilema adicional. Deben crecer, generar empleo digno, ofrecer seguridad y mantener la confianza ciudadana, todo mientras los hilos del poder se mueven en Washington, Pekín o Bruselas. Si fallan, el autoritarismo y el populismo ganan terreno. La historia reciente lo demuestra.

México está en medio de esta tormenta. Nuestra ubicación geográfica nos condena a la interdependencia con Estados Unidos, nos guste o no. Compartimos 3,180 kilómetros de frontera, 700,000 millones de dólares en comercio anual y una crisis de seguridad alimentada por el narcotráfico que no respeta límites territoriales (Secretaría de Economía, 2024). Ignorar esta realidad no nos hace más soberanos. Nos hace irresponsables.

La soberanía no se defiende con discursos nacionalistas ni con aislamiento. Se construye reconociendo la interdependencia, gestionándola con inteligencia y corrigiendo las fallas internas que nos debilitan. México debe asumir su corresponsabilidad en seguridad y combate al narcotráfico. Debe sancionar la corrupción con firmeza, no con declaraciones. Debe abandonar el populismo que ofrece migajas cuando el problema es estructural: 46% de la población en pobreza y desconfianza institucional que alcanza el 72% (Coneval, 2024; Latinobarómetro, 2024).

Sin legalidad, sin rendición de cuentas, sin credibilidad pública, ningún proyecto de desarrollo funciona. Los inversionistas huyen, el talento emigra, la clase media se contrae. Lo hemos visto antes. Lo estamos viendo ahora.

México necesita certidumbre. Los ciudadanos quieren saber que su esfuerzo importa, que sus hijos tendrán oportunidades, que su retiro no será una condena a la precariedad. Esto requiere un plan de desarrollo democrático que no sacrifique el crecimiento en el altar de la ideología. Un plan que promueva la inversión, respete la libertad de expresión y fomente el consenso mediante el diálogo, no mediante la polarización permanente.

El problema es que ese plan no existe. Los últimos años demostraron que la 4T prefirió el control político al desarrollo económico. El crecimiento promedio del PIB entre 2019 y 2024 fue del 0.8% anual, el peor desempeño desde la década perdida de los ochenta (INEGI, 2024). La inversión extranjera directa cayó 18% en el mismo periodo. La informalidad laboral alcanza el 56% de la población ocupada.

Estas cifras no son abstracciones estadísticas. Son familias sin seguridad social, jóvenes sin empleo formal, empresas que cierran porque las condiciones no permiten crecer. Es el costo de posponer decisiones difíciles, de preferir la narrativa a la realidad.

El momento de decidir llegó. México puede ser actor estratégico en esta nueva etapa histórica o puede seguir como espectador de un mundo que avanza sin esperarnos. Puede aprovechar el nearshoring que trae 30,000 millones de dólares en inversión potencial o puede quedarse viendo cómo esos recursos se van a Vietnam, Polonia o Marruecos (Secretaría de Economía, 2024). Puede construir infraestructura, capacitar talento, fortalecer instituciones, o puede seguir repartiendo apoyos que no resuelven la pobreza estructural.

La geopolítica no dicta nuestro destino. Nosotros lo hacemos, con cada decisión que tomamos o postergamos. La pregunta no es si el mundo cambiará, sino si México estará preparado cuando ese cambio llegue. Y está llegando ahora, no mañana.

Porque el verdadero insoslayable destino de México no lo escriben las potencias. Lo escribimos nosotros, cada día que decidimos corregir el rumbo o mantener la inercia. La responsabilidad es nuestra. La urgencia también.

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