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22 de enero de 2026 11:30 pm
Los chismes como método: Ricardo Raphael y el caso Wallace

Los chismes como método: Ricardo Raphael y el caso Wallace

*Ricardo Raphael recurre al chisme como método narrativo de una investigación ajena adjudicándosela para sostener una versión funcional al poder.

Por Guadalupe Lizárraga

Durante años, en México, el caso Wallace fue presentado ante la opinión pública como una historia cerrada: un secuestro brutal, una madre incansable y una verdad judicial aparentemente inamovible. Cuando entré al caso a inicios de 2014, ese relato dio un vuelco. Mis hallazgos mostraron que los supuestos secuestradores eran en realidad las víctimas de una madre macabra, protegida por un Estado criminal, que fabricó pruebas y utilizó la tortura para arrancarles confesiones.

El relato de Isabel Miranda de Wallace —convertido en versión oficial— se sostuvo desde 2005 no solo con expedientes fabricados por la PGR y con la tortura sistemática de personas inocentes, sino también gracias a una maquinaria mediática que reprodujo sus versiones sin someterlas al mínimo escrutinio. En ese engranaje, la supuesta cobertura periodística de Ricardo Raphael ocupa un lugar clave: primero, para legitimar el falso secuestro de Hugo Alberto Wallace al servicio de la madre; y después, tras la publicación de mi investigación en formato de libro en 2018, para adjudicársela, manipulando la historia ahora al servicio del Estado.

Las propias palabras de Ricardo Raphael, registradas en foros públicos, mesas redondas y programas de televisión, permiten reconstruir con precisión el plagio que dio pie a su libro, promovido incluso con recursos públicos —hasta en el Fondo de Cultura Económica de la llamada 4T—. Para legitimar esa apropiación y su propia manipulación del caso, Raphael recurre al “chisme” y al rumor revestidos de análisis, haciendo un espectáculo mediático con crímenes de lesa humanidad: detenciones arbitrarias, torturas, encarcelamientos prolongados bajo prisión preventiva y violaciones sistemáticas al debido proceso.

En una intervención pública, Raphael relata que “había un chisme de que el muchacho no era hijo del señor Wallace y corría por todos lados”. Se refiere al hijo de Isabel Miranda, un hombre de 35 años cuando decidió desaparecer, alcohólico, adicto a la cocaína, dedicado al contrabando y beneficiario del tráfico de influencias de su madre con autoridades judiciales para garantizar su impunidad. La frase de Raphael, por un lado, intenta dotar de una pátina de simpatía al cómplice de la victimaria; y por otro, no plantea una hipótesis sustentada ni una línea de investigación rigurosa. Habla de un chisme. Y, aun así, ese chisme se convierte en eje narrativo, en motor de sospecha y en pieza funcional dentro de una historia ya fabricada desde el poder.

“Pero, había un chisme de que el muchacho no era hijo del señor Wallace y corría por todos lados“: Ricardo Raphael en una de sus presentaciones.
«Pero, había un chisme de que el muchacho no era hijo del señor Wallace y corría por todos lados»: Ricardo Raphael en una de sus presentaciones.

Esa lógica se vuelve aún más evidente cuando Raphael relata públicamente el caso Wallace en primera persona. No lo hace desde el análisis documental ni desde el rigor forense, lo cuenta como una historia al paso, con bromas, referencias musicales y descripciones triviales de hechos que involucran secuestro, muerte y la desaparición de un cuerpo. Así lo dice, textualmente:

“En esas estábamos cuando una organización de derechos humanos me dice: ‘el caso Wallace es fabricado’. Yo estaba en un programa de televisión, entrevistando a un señor de esta organización, y la verdad es que no me atreví en el programa a preguntar más. Saliendo, le digo: ‘oye, de veras, David, ¿esta información es cierta?’Me mandó una carpeta grandotota —no los voy a aburrir con todos los detalles— pero había un tema central: ¿quién era el padre de Hugo Alberto Wallace?

¿Por qué era el tema central? Porque en la historia que contaron, a Hugo Alberto Wallace lo enganchó una bailarina del ‘za, za, za’, del grupo Clímax. Le decían ‘la za, za, za’ porque estaba en ese grupo, ‘la mesa que más aplauda, la mesa que más aplauda’.Imagínense mis ojos. Era música de table dance. Y resulta que ésta fue la mujer que lo enganchó, se fue al cine con él, luego se lo llevó a su casa y ahí le cayeron como cinco, en bola, todos con el rostro cubierto. Lo amarraron y al pobre muchacho le dio un paro cardíaco.Pero como éstos eran secuestradores —de esos a los que les gusta mucho la lana— dijeron: ‘le tomamos unas fotos, lo hacemos pasar por vivo y cobramos el rescate’. ¿Y qué hacemos con el cuerpo? Lo serruchamos en la tina, sacamos los restos y los tiramos al bordo de Xochiaca… no, no es cierto, fue en el canal de Cuemanco.Ésa era la versión. Estamos hablando del 2006”.

La escena no requiere mayor interpretación. Raphael no cuestiona esa versión, no la somete a contraste forense ni judicial. La narra. La adorna. La vuelve relato. En su voz, el secuestro, la muerte y la desaparición de un cuerpo dejaron de ser crímenes que exigen rigor y se convirtieron en una historia casi pintoresca. Ése es su método.

El conductor de Canal Once cuenta cómo, a partir de la lectura de mi libro a finales de noviembre de 2018, invita a Isabel Miranda de Wallace a su programa de televisión. Ante la audiencia describe el episodio como si se tratara de una confrontación entre conocidos. Sin embargo, lo que emerge de su propio relato es una escena televisiva en la que los papeles, los dichos y las emociones sustituyen a la verificación, y donde se apropia de mis hallazgos sin el menor cuidado por sus consecuencias.

Raphael narra, por ejemplo —retomando una de mis revelaciones— que la supuesta prueba central de la muerte de Hugo Alberto Wallace fue una gota de sangre encontrada meses después en un departamento ya rentado. La trivializa incluso con humor y la describe en su estilo: “una gotita, de un centímetro por un milímetro”. A partir de ese dato fragmentario, da por cerrada una historia de secuestro, asesinato y desaparición, así como la fabricación de pruebas por parte de la fiscalía federal para incriminar a las verdaderas víctimas. No problematiza la cadena de custodia, no cuestiona el contexto forense ni se detiene en las irregularidades documentadas. La “gotita” le basta para banalizar un caso de enormes implicaciones judiciales y políticas. Así transforma lo que él mismo llama “chisme” en certeza televisiva.

El 12 de diciembre de 2018

El 12 de diciembre de 2018, en el programa Espiral de Canal Once, Ricardo Raphael presentó ante la audiencia mi libro El falso caso Wallace y me entrevistó en calidad de autora de la investigación. Desde el inicio del programa estableció con claridad el origen de la información:

“Tenemos en Espiral hoy en exclusiva esta conversación, para que nos cuente cómo llegó a este caso y cómo fue descubriendo estas piezas de información que podrían en efecto no corresponder a la realidad”.

«El día de hoy tengo conmigo a la periodista Guadalupe Lizárraga, quien presenta en la Ciudad de México el libro El falso caso Wallace. Se trata de una investigación en la que acusa a Isabel Miranda Torres, también conocida como Isabel Miranda de Wallace, de haber fabricado una serie de pruebas para inculpar a presuntos secuestradores que, en realidad, serían personas inocentes».

En ese mismo espacio, Raphael no solo reconoció mi autoría, sino el alcance y la profundidad del trabajo periodístico:

“¿Tú estás convencida de que este caso es fabricado, no tiene nada de verdad, ni una pizca de verdad?”

La respuesta fue clara y quedó registrada. También quedó registrado que, hasta ese momento, Raphael no contaba con una investigación propia paralela. Por el contrario, fue él quien preguntó, quien se apoyó en mis hallazgos ya documentados y quien reconoció explícitamente el tiempo y el rigor invertidos:

“¿Tú le has dedicado cuatro años a esta investigación? Hay muchos documentos”.

La precisión fue inmediata: cinco años. Cinco años de trabajo que Raphael escuchó, validó y difundió ante la audiencia, sin presentar un solo elemento independiente que contradijera o complementara esos hallazgos desde una investigación propia.

Más aún, en el transcurso del programa, Raphael admitió de manera explícita que parte de la documentación que tenía en sus manos provenía de mi investigación:

“Según los documentos que poseo, en buena medida, algunos son gracias a la investigación que tú hiciste”.

Se trata de un reconocimiento directo de acceso a información, documentos y reconstrucciones que no le pertenecían. Ese día, frente a cámaras, Ricardo Raphael mostró mi libro, citó algunos de mis hallazgos y agradeció haber tenido acceso a un trabajo que —en sus propias palabras— permitió que el caso fuera reabierto por la Procuraduría General de la República.

“Fuiste recibida el día de ayer por el titular de la Procuraduría General de la República, Alejandro Gertz Manero, y según noticias, se reabre el caso con esta óptica que tú estás aportando”.

La secuencia es inequívoca: primero, el reconocimiento público de mi investigación; luego, el acceso a los documentos y al libro; finalmente, meses después, la apropiación del contenido, de las líneas narrativas y de las conclusiones, ya no citadas como trabajo ajeno, sino recicladas como si fueran resultado de su propia indagación.

El plagio no consiste únicamente en copiar frases escritas por otra persona. Consiste en apropiarse del andamiaje intelectual de una investigación: las preguntas clave, los puntos de quiebre y la estructura del desmontaje. Eso es exactamente lo que muestran las propias palabras de Ricardo Raphael cuando se colocan en orden cronológico.

Primero reconoce a la autora. Luego reconoce los documentos. Después agradece el acceso a la investigación. Finalmente reutiliza ese contenido sin atribución suficiente, presentándolo como parte de su propia narrativa pública.

Con Javier Corral

En su presentación pública junto a Javier Corral, en Chihuahua, Ricardo Raphael admitió nuevamente —sin ambigüedades— el origen de su “duda” sobre el caso Wallace y, con ello, el punto de partida real de su narrativa posterior. Reconoció que no llegó a esa sospecha por una investigación propia, sino por una “predisposición” personal activada cuando, en noviembre de 2018, un activista de derechos humanos le dijo que el caso era fabricado. Raphael aceptó que esa frase no pudo desecharla y que, a partir de ahí, pidió información, recibiendo materiales elaborados por la asociación civil y, de manera explícita, un libro publicado en agosto de 2018, tanto en formato digital como impreso: El falso caso Wallace, de Guadalupe Lizárraga.

Dijo que “estudió” ese material y que posteriormente publicó un texto en la revista Proceso, texto que —según su propio relato— detonó la reacción pública de Isabel Miranda de Wallace y la invitación a replicar en vivo en su programa Espiral. En esa reconstrucción omitió un dato relevante: que desde 2014 la autora del libro y de la investigación completa era víctima de persecución y amenazas, no sólo derivadas de la reacción de Isabel Miranda, sino de agentes del Estado que protegían la versión oficial.

En toda la historia que cuenta Raphael sobre sus publicaciones, no explica en qué momento realizó una verificación independiente que separara su trabajo del mío como autora que él mismo reconoce como fuente inicial.

Las palabras están ahí. Grabadas, fechadas y disponibles. Una evidencia más.

Nota editorial: Este reportaje incorpora y dialoga con análisis documentales realizados por el Grupo Pascal, cuyo trabajo de sistematización y revisión de declaraciones públicas contribuyó a ordenar cronológicamente elementos clave aquí expuestos. La responsabilidad del contenido y de las conclusiones es exclusivamente de la autora.

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