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19 de enero de 2026 12:08 pm
Un año con Trump: el método del ruido y la ilusión del legado

Un año con Trump: el método del ruido y la ilusión del legado

Por tus sueños hablas de mi pueblo mierda,

no ves que tu tierra con mis manos labras.

Y lo que me aflige no son tus maneras

más son  las banderas que tu pueblo elige.

Poema a Donald Trump, de pacot_03

A su regreso a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump ocupa todos los días la atención de la mayoría de los medios informativos internacionales. Como si no se hubiera ido.

En su gran mayoría, coinciden en su tendencia hacia dos temas: uno, llamar la atención para desviar las miradas internas, y dos, mostrarse como el político que quiere acumular poder mundial y pasar a la historia como un buen estadista.

Explicarlo sin que suene ni a consigna ni a desahogo, es mover el análisis del personaje al método. Trump no es sólo un individuo extravagante: es un dispositivo político-cultural que funciona con reglas bastante claras.

No importa el tema: comercio, migración, conflictos armados, diplomacia o elecciones ajenas. Siempre aparece. Y cuando no, se le invoca. Para muchos, su comportamiento responde a esas dos pulsiones: lo suyo es distraer y proyectarse como el estadista global.

Ambas lecturas son correctas, pero incompletas si las vemos sólo desde la anécdota del personaje.

No gobierna desde la sutileza, sino desde el ruido. La estridencia no es un exceso, es un método. En un ecosistema informativo saturado, donde la atención dura lo que un titular incendiario, producir escándalo equivale a ejercer poder. Cada declaración desmedida, cada amenaza comercial o diplomática, cada provocación cuidadosamente improvisada cumple una función precisa: desplazar la conversación pública, fragmentar el debate y obligar a los medios a correr detrás del último exabrupto.

Mientras el mundo discute si “fue demasiado lejos”, la maquinaria institucional avanza con menos reflectores: ajustes administrativos, decisiones regulatorias, nombramientos estratégicos. El ruido no oculta un vacío; administra el foco.

En la política contemporánea, distraer no es esconder, es gobernar. Rudo pero cierto.

La segunda pulsión -del estadista- responde más a una necesidad simbólica que a una vocación. Trump no aspira a ser recordado como constructor de consensos ni como arquitecto de instituciones sólidas. Su narrativa es otra: la del hombre fuerte que “pone orden”, el negociador que vence, el líder que domina. Por eso exagera los conflictos externos y se presenta como árbitro global. No siempre importa resolverlos; basta con escenificarse en el centro del tablero.

La política, se convierte en espectáculo. Un reality show geopolítico donde la percepción vale más que el resultado y donde la imagen eclipsa a los procesos. Trump entiende algo esencial de nuestro tiempo: ser visto es más importante que ser eficaz, y ser temido suele rendir mejores dividendos mediáticos que ser respetado.

Sin embargo, hay una confusión de fondo -o ¿una simulación deliberada?- entre poder y legado. Este político multimillonario parece asumir que acumular poder personal equivale automáticamente a trascender. Que imponer es sinónimo de gobernar y que la historia se escribe a golpe de titulares. Una confusión no exclusivamente suya. Es parte de una cultura política global que ha erosionado la confianza en lo colectivo y ha alimentado la fascinación por liderazgos autoritarios, simples en el discurso y complejos en las consecuencias.

El estadounidense no inventó esa cultura, pero la interpreta con precisión quirúrgica. Más que una anomalía, es un síntoma exagerado de una época que premia la estridencia, desprecia la deliberación y mide la política en audiencias, likes y viralidad.

A un año de su regreso, quizá la pregunta no sea qué pretende con cada provocación, sino ¿por qué el mundo sigue reaccionando exactamente como él espera? Ahí, y no en la Casa Blanca, está el verdadero centro del problema.

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