Select your Top Menu from wp menus
12 de enero de 2026 12:11 pm
Gobernar sin reglas: el ataque a los organismos internacionales

Gobernar sin reglas: el ataque a los organismos internacionales

Por José Manuel Rueda…

“Al diablo con las instituciones” …

y cada vez son más los gobiernos autoritarios

que se suman a sus formas.

Grito del mesías de Macuspana hace unos lustros

Los organismos internacionales atraviesan hoy el momento más frágil desde su creación. No es una exageración retórica: es un hecho medible. La ONU enfrenta el mayor déficit presupuestal de su historia reciente; la OEA es cuestionada y debilitada por los mismos gobiernos que la integran; la OIT ha perdido capacidad real de presión frente a regímenes que incumplen sistemáticamente derechos laborales; y la diplomacia multilateral, tal como la conocimos tras la Segunda Guerra Mundial, parece estorbar a los líderes de la actualidad.

No es casualidad. El mundo vive una expansión acelerada del autoritarismo: gobernantes enfermos de poder, adictos a los reflectores y convencidos de que la ley, la cooperación y los contrapesos son obstáculos, no herramientas. Para ellos, los organismos internacionales no representan acuerdos civilizatorios, sino amenazas a su soberana personalidad.

El guion se repite. Un organismo emite una resolución incómoda, documenta violaciones a derechos humanos, cuestiona elecciones o exige rendición de cuentas, la respuesta son amenazas de abandono, recortes presupuestales, descalificación pública y el discurso de la “injerencia extranjera”.

Donald Trump lo hizo explícito: retiró a Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, congeló aportaciones a la OMS y convirtió el multilateralismo en enemigo electoral. Vladimir Putin optó por algo más directo: ignorar por completo al sistema internacional y dinamitarlo con hechos consumados. Israel ha descalificado reiteradamente a la ONU. Brasil, bajo Bolsonaro, convirtió la diplomacia ambiental en una burla. Colombia tensa su relación con la OEA. China participa, pero solo cuando el tablero se acomoda a sus intereses. Corea del Norte simplemente desprecia el sistema.

África y Medio Oriente aportan decenas de ejemplos más: firman tratados que no cumplen, aceptan misiones que no respetan y utilizan los foros internacionales solo como vitrinas.

Durante décadas, los organismos internacionales funcionaron porque los Estados creían que el prestigio tenía valor y la diplomacia era más rentable que el conflicto. Hoy, los líderes ya no buscan legitimidad global, sino control interno. La política exterior dejó de ser, para convertirse en extensión del ego presidencial.

Y se suma otro problema: la burocratización excesiva, la lentitud para responder a crisis reales y una desconexión creciente con las sociedades que representan. Para millones de ciudadanos, la ONU, la OMS, la OEA o la OIT son siglas lejanas, costosas y poco eficaces. Esa percepción -en parte injusta, en parte ganada- es explotada con éxito por los populismos autoritarios.

Pero cuidado con la conclusión fácil. No, el mundo no está mejor sin diplomacia. No, los organismos internacionales no son obsoletos por definición. Lo que está agotado es el pacto político que les sustenta: la idea de que ningún país puede resolver solo los grandes problemas contemporáneos.

Cambio climático, migración masiva, pandemias, crimen transnacional, guerras híbridas, inteligencia artificial sin regulación. Ningún desafío reconoce fronteras ni puede ser enfrentado desde el capricho nacionalista.

Lo paradójico es que, mientras los líderes autoritarios desprecian los foros multilaterales, los ciudadanos comunes siguen dependiendo de ellos: misiones humanitarias, acuerdos laborales, protección a refugiados, observación electoral, cooperación científica. Cuando esos organismos se debilitan, no pierde el gobernante; pierde la gente.

Tal vez la diplomacia política no ha muerto. Está siendo asfixiada deliberadamente. Porque un sistema de reglas estorba a quien gobierna desde el impulso, la revancha y la propaganda. Y porque un mundo sin árbitros es el escenario perfecto para quienes confunden liderazgo con imposición.

La historia ya nos dio una advertencia clara: cada vez que la diplomacia fracasa, lo que sigue no es soberanía… es caos.

Related posts